Reseña al disco «Death Drive Anthropology» de la banda de Progressive Death Metal, Overtoun. Esto es lo que Discordancia Webzine ha publicado de este LP 2026.
Nota del redactor: Les recomiendo escuchar el disco a la par de leer la reseña, ya que es el disco más elaborado y ambicioso que me ha tocado escuchar y reseñar en años, tiene muchas referencias.
Freud llamó «pulsión de muerte» a ese impulso que convive con el deseo de vivir — Thanatos frente a Eros, el empuje hacia la disolución que el ser humano lleva adentro y que las culturas han institucionalizado, ritualizado y convertido en arte desde que existe algo parecido a la consciencia. Thanatos como motor creativo. La muerte como materia prima de la civilización. Eso es exactamente de lo que habla «Death Drive Anthropology», y Overtoun lo saben desde el título.
Overtoun lleva siete años construyendo una propuesta que siempre tuvo ambiciones que excedían lo que la escena local suele premiarse a sí misma. Formada por Yoav Ruiz-Feingold (voz y letras), Matías Bahamondes (guitarras), Matías Salas (bajo) y Agustín Lobo (batería y percusión), la banda de María Pinto entrega en 2026 su tercer lanzamiento bajo el sello italiano-internacional TimeToKill Records — la misma casa que aloja a Hideous Divinity y Fleshgod Apocalypse — y lo hace con el disco más ambicioso de su carrera. Financiado por Fondos Cultura del Ministerio de las Culturas, grabado en Estudio del Sur en María Pinto, producido, mezclado y masterizado por Martín Furia en Somma Productions, Amberes, Bélgica. Arte de portada de Paolo Girardi, el pintor italiano que lleva años siendo la mano visual de buena parte del death metal más sofisticado del planeta — sus obras cubren discos de Blood Incantation, Power Trip y Tomb Mold, entre otros. Cuando una banda chilena llega a ese nivel de colaboraciones, algo está pasando.
El concepto de «Death Drive Anthropology» es tan preciso como su título lo indica: un recorrido por los rituales funerarios y las relaciones de las culturas humanas con la muerte, desde el velorio irlandés hasta la cremación hindú, desde los cenotes mayas hasta el Yūrei japonés, desde la banshee celta hasta el Caleuche chilote. No como turismo macabro ni como exotismo académico, sino como lo que Ruiz-Feingold propone en la canción que cierra el disco: una antropología personal, una obsesión que es también una forma de amor hacia lo humano en su expresión más universal. Todos morimos. Eso es lo que nos une.
«What Unites All» abre el álbum con la declaración de principios más clara posible: los primeros compases son casi silencio, una atmósfera que tarda en definirse como música pesada, y cuando lo hace — cuando la banda entra con toda su arquitectura — lo hace con la convicción de quien sabe que tiene doce canciones para desarrollar una tesis. El solo invitado de Max Phelps — guitarrista de Cynic y colaborador del proyecto Death To All, la banda tributaria a Chuck Schuldiner — llega como una segunda voz que dialoga sin imponerse, técnicamente impecable y emocionalmente pertinente. No es un cameo: es una conversación. La letra habla de la muerte como umbral y como alivio, de la impermanencia como lo único que todas las culturas comparten. El disco empieza donde tiene que empezar.
«The Final Beat» ancla el disco en algo más concreto: el ritual fúnebre africano del festejo, la celebración obligatoria como paso necesario para el tránsito del alma — ikwa ozu, el honor al muerto que si no se hace bien condena al vivo. Es el track más sostenido en su perfil de energía, el más "metal" en el sentido tradicional del término, el que menos oscila y más empuja de principio a fin. En un disco lleno de variación arquitectónica, este es el que sirve de ancla rítmica, el que recuerda que detrás de todo el concepto hay una banda que sabe tocar con convicción física.
«Memento Mori» con Enrico H. Di Lorenzo de Hideous Divinity es el momento más dramático del álbum en términos de construcción interna: los primeros dos minutos son casi silencio, una textura que apenas existe, y entonces la banda entra y no para. Di Lorenzo — cuyas voces guturales son de las más reconocibles del death metal europeo actual — alterna con Ruiz-Feingold en un diálogo inglés-italiano que tiene mucho de los transi medievales que la canción describe: esas efigies funerarias que mostraban el cadáver en descomposición como recordatorio de la vanidad de la carne. Tutti, che tutti vedano — que todos lo vean — canta Di Lorenzo en el puente, y el disco obedece: no hay eufemismo aquí, no hay manera suave de decir lo que la muerte hace con el cuerpo.
«Dur Khrod» baja el tempo para hablar de la excarnación — la práctica zoroástrica y tibetana de dejar el cuerpo a las aves carroñeras como último acto de generosidad — y «Jade, Gold, Obsidian» lo sigue adentrándose en los cenotes mayas, los pozos sagrados donde se arrojaban ofrendas humanas a Xibalba, el inframundo. Ambas canciones construyen desde casi nada y llegan a su densidad máxima sin prisa, con la confianza de quien sabe que el oyente está dispuesto a seguirlos hasta el fondo del pozo.
«Yūrei» es el track con mayor rango dinámico de todo el álbum — una diferencia entre su punto más silencioso y su punto más ruidoso que hace que el disco entero oscile alrededor de él como de un eje. El fantasma japonés — mujer que murió con rabia o amor no resuelto y que regresa en forma de espectro vengativo — obtiene aquí la música que merece: sostenida, densa, acumulativa, hasta que cerca del minuto cuatro y quince la canción explota con una intensidad que no había mostrado antes, para luego caer en silencio casi absoluto. El tasukete / nigete final — ayúdame / huye — en japonés cierra la canción con una frialdad que es más efectiva que cualquier riff de cierre habría podido ser.
«Weeping» lleva la banshee irlandesa a un formato que equilibra la brutalidad y la melodía con más naturalidad que cualquier otro track del disco. Es el que más claramente muestra la capacidad de Overtoun para escribir canciones que funcionan en el terreno emocional sin necesidad de artificios conceptuales — si uno no supiera el contexto, este sería el track que más fácilmente digerirían oyentes que no frecuentan el death metal. «Wind and Water» con Shantanu Vyas — músico indio de Hazing Over y Mezzanine — trae el himno védico del Rigveda en sánscrito, la invocación a Agni en el contexto de la cremación hindú, y lo funde con el death progresivo de la banda de una manera que no suena a collage sino a síntesis. Cuando Vyas entona agnimīḷē purōhitaṃ sobre las guitarras de Bahamondes, el resultado es uno de los momentos más singulares que ha producido una banda chilena en mucho tiempo.
«The Waves Suite» es el corazón geográfico del disco: tres movimientos que van de la Siren mitológica al oceánico lamento de «Ocean» — con su referencia a los aumakua, los ancestros protectores de la tradición hawaiana — hasta «Caleuche», instrumental, el barco fantasma de la mitología chilota. Que Overtoun, una banda de María Pinto, incluya el Caleuche como tercer movimiento de esta suite no es un guiño folclorista sino una operación de coherencia: el disco recorre el mundo entero en su relación con la muerte y el mar, y termina ese recorrido con el mito que vive más cerca. La chinchinera Ana Carolina en «Siren» — ese instrumento de cilindro y platillo que pertenece al ceremonial popular chileno — es otro de esos detalles que convierten a «Death Drive Anthropology» en un disco con capas que no se agotan en la primera escucha.
«Death Drive Anthropology» cierra el álbum como un testamento que se construye a sí mismo en tiempo real: arranca contenido, casi confesional, y va acumulando peso hasta que el final es el punto de mayor densidad de toda la canción. When I die I'll leave this behind, my life's work — cuando muera dejaré esto atrás, el trabajo de mi vida. Ruiz-Feingold no está hablando en abstracto. Está hablando de este disco. El compendio de la lucha, el omnibus de los muchos rostros de la muerte, el libro que la portada de Girardi ya anunciaba: un tomo ilustrado con figuras de la muerte universal, de todos los credos y todas las culturas, posado sobre una mesa que podría ser un altar o un escritorio o las dos cosas.
«Death Drive Anthropology» es el disco más ambicioso que ha producido el metal chileno en lo que va de la década, y probablemente uno de los más ambiciosos de su historia sin excepción. Eso es una afirmación grande y está hecha con plena conciencia. Hay pocos antecedentes locales de una banda que haya cruzado las fronteras geográficas, culturales y sonoras que Overtoun cruza aquí con la naturalidad y la solidez con que lo hacen. El sello que los respalda, los colaboradores que convocaron, la producción que construyeron y el concepto que ejecutaron sitúan este trabajo en una conversación que va mucho más allá de la escena local. Es un disco que le habla al mundo en el único idioma que todos los seres humanos conocen sin haberlo aprendido.
«Death Drive Anthropology» está compuesto por:
- What Unites All (feat. Max Phelps) (5:24)
- The Final Beat (4:46)
- Memento Mori (feat. Enrico H. Di Lorenzo) (6:38)
- Dur Khrod (3:55)
- Jade, Gold, Obsidian (4:01)
- Yūrei (5:26)
- Weeping (5:29)
- Wind and Water (feat. Shantanu Vyas) (4:05)
- The Waves Suite: Siren (0:24)
- The Waves Suite: Ocean (4:11)
- The Waves Suite: Caleuche (1:40)
- Death Drive Anthropology (4:23)
Tiempo total: 50:23
Formación: Yoav Ruiz-Feingold (voz y letras) — Matías Bahamondes (guitarras) — Matías Salas (bajo) — Agustín Lobo (batería y percusión)
Invitados: Max Phelps (Cynic/Death To All) — Enrico H. Di Lorenzo (Hideous Divinity) — Shantanu Vyas (Hazing Over)
Producción: Martín Furia — Somma Productions, Amberes, Bélgica
Grabación: Estudio del Sur, María Pinto, Chile
Arte de portada: Paolo Girardi
Sello: TimeToKill Records
Origen: María Pinto, Chile
Año: 2026
Género: Progressive Death Metal
Web: www.overtoun.com
Redes: https://www.instagram.com/overtounofficial




