Reseña a “Demons of Lust”, el regreso de Death Yell, quienes reafirman la tradición extrema ochentera del Metal en Chile.
Hay bandas que tienen historia, y hay bandas que son historia. Death Yell pertenece a esa segunda categoría con toda la autoridad que otorgan casi cuatro décadas de existencia, un demo de culto absoluto y la distinción de haber sido una de las primeras fuerzas del metal extremo latinoamericano, codo a codo con Pentagram, Atomic Aggressor y Totten Korps. Formados en Santiago a mediados de los años 80 bajo el nombre Pestilence, y ya como Death Yell desde 1988, la banda forjó su leyenda con «Vengeance from Darkness» (1989), una cinta que llegó a compartir split con los mismísimos Beherit y que hasta hoy conserva ese estatus de reliquia cavernosa que pocos demos de la época pueden reclamar con honestidad. Tras décadas de silencio y un regreso que sacudió el underground con «Descent Into Hell» (2017), llega en 2025 «Demons of Lust», segundo álbum de estudio que no solamente cumple las expectativas, sino que se eleva junto a toneladas de blasfemia calculada.
La portada lo anuncia sin rodeos: la Basílica de San Pedro envuelta en llamas, figuras encapuchadas al pie de las ruinas, un cielo de púrpura y sangre pintado con la densidad de una pesadilla barroca. La propuesta lírica es igualmente directa y sin misericordia: sacerdotes depredadores, confesiones retorcidas, rituales de abuso escondidos bajo el manto de lo sagrado. No es blasfemia decorativa sino indignación canalizada con precisión narrativa, y eso le otorga al disco una coherencia temática que lo aleja de cualquier pose satánica de superficie.
Musicalmente, «Demons of Lust» opera en el cruce exacto donde el Death Metal de finales de los 80 se funde con el filo del Black Metal sudamericano más salvaje: la brutalidad de los primeros Morbid Angel, la crudeza sucia de Sarcófago y Possessed, el caos ordenado de los suecos Grotesque y el espíritu cavernoso de los chilenos Pentagram. La producción, lejos de la limpieza aséptica del metal moderno, conserva esa ferocidad rugosa que le da autenticidad al conjunto sin caer en el ruido ininteligible. Hay grit, hay presencia, hay peso. Cada instrumento ocupa su espacio con una claridad que no resta brutalidad, sino que la amplifica.
La apertura con «Overture» funciona exactamente como debe: ambiente, densidad y premonición. A diferencia de intros que solo ocupan tiempo, esta pieza tiene carácter propio, construyendo lentamente la tensión con sus dos minutos y medio antes de que «The Parish» explote como una sentencia dictada desde el abismo. Es el track más denso y escuchado del disco; el más implacable en su ataque, el que establece el tono con una claridad brutal y cierra sin concesiones ni respiro. Las guitarras de Andrés "Pollo" Lozano y Alejandro "Watiu" Allende —este último, histórico bajista de la banda que ahora empuña las seis cuerdas— se entrecruzan con riffs afilados como huesos fracturados, mientras el nuevo baterista Felipe Zará (curtido en Coffin Curse, Inanna, Dominus Xul y Trimegisto) demuestra desde el primer golpe que su incorporación en 2023 no fue un reemplazo, sino una potenciación de la maquinaria.
«Offering to the Priest» consolida la dirección establecida con una solidez que no da tregua: el ratio de graves del track es de los más equilibrados del disco, lo que le da una densidad particular, como si el suelo temblara levemente bajo cada riff. La segunda mitad del tema mantiene la energía de forma pareja, sin el clásico defecto de los tracks de este estilo que pierden fuerza al llegar al ecuador. «Predatory Preacher» va un paso más allá, con la segunda mitad superando en energía a la primera, algo que se traduce en una escalada perceptible: comienza con ferocidad y termina con más. El título es casi un mapa del contenido lírico, y la música lo sostiene con convicción.
El corazón del disco late en sus piezas más extensas. «Conjuring Asmodeus' Seed» es la carta de presentación más elaborada de la banda, con seis minutos que pasan de la arremetida frontal a un uso del órgano inquietante que le añade una dimensión casi ritual al caos: una textura que diferencia este álbum de cualquier ejercicio de nostalgia y que, en su tramo final, alcanza una especie de clímax litúrgico profano que pocas bandas en este territorio se atreverían a intentar. Inmediatamente después, «The Unholy See», uno de los títulos más agudos del disco —un juego de palabras que apunta directo al corazón de Roma—, entra con una de las densidades de ataque más altas de todo el álbum, como si la banda quisiera borrar cualquier momento de respiro que el órgano pudiera haber concedido.
«Seal of Confession» y «Bastards of God» conforman el peso central del lado B con personalidades complementarias. La primera es la pieza más extensa junto al cierre y la que mejor representa la capacidad de Death Yell para sostener tensión sin recurrir a cambios bruscos artificiales; el riff central tiene esa calidad de mantra oscuro que obliga al cuerpo a responder. «Bastards of God» en cambio es más directa, construida sobre una segunda mitad que supera en energía a su propia intro, con las visiones apocalípticas del título convirtiéndose en combustible rítmico puro.
El cierre con «Altar Servers' Wrath / Finale» es el más caótico y también el más satisfactorio del álbum: casi siete minutos donde la complejidad se permite bifurcaciones y giros que exigen atención completa, terminando con la sensación de que todo se desborda de manera calculada. La voz de Sergio "Galleta" Arenas acompaña este descenso final con esa garganta rasgada y venenosa que no pide interpretación sino rendición. No canta: condena.
«Demons of Lust» no busca modernizarse ni agradar a los que llegaron después. Es Death Yell en su forma más pura, con décadas de oficio al servicio de una visión que nunca cedió.
«Demons of Lust» está compuesto por:
- Overture (2:28)
- The Parish (4:18)
- Offering to the Priest (4:28)
- Predatory Preacher (4:20)
- Conjuring Asmodeus' Seed (6:16)
- The Unholy See (4:21)
- Seal of Confession (6:21)
- Bastards of God (4:53)
- Altar Servers' Wrath / Finale (6:45)
Death Yell está formado por:
- Sergio "Galleta" Arenas: Voz
- Andrés "Pollo" Lozano: Guitarra
- Alejandro "Watiu" Allende: Guitarra (ex Bajo)
- Felipe Zará: Batería (Coffin Curse, Inanna, Trimegisto)
Producción y Contacto:
- Sello: Hells Headbangers (EE.UU.) / Eat My Records & Burning Coffin Records (Chile)
- Origen: Santiago, Chile
- Año: 2025
- https://www.instagram.com/deathyell_band
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