Limiter marca en «Esclavos del Mal» un debut de Thrash Metal directo, áspero y convincente. Lee la reseña que Discordancia ha publicado sobre este disco.
Hay un tipo de furia que necesitas agarrar al primer vuelo, que invita a la pelea y no pide permiso, en el primer riff que entra, en la voz que no intenta convencerte de nada sino decirte algo directo a la cara. Limiter tiene esa furia. Treinta y cuatro minutos, once tracks, y la convicción férrea de quien lleva años afilando el cuchillo en la oscuridad.
Limiter es una banda chilena de Thrash Metal cuya trayectoria pertenece a ese tipo de historia que el underground (de esas que nos gustan) se construye sin ruido y sin prensa formada desde las sombras del circuito local, con el tipo de trabajo que no genera titulares pero que va acumulando peso con cada ensayo, con cada presentación en vivo que queda en la memoria de quien estuvo ahí. «Esclavos del Mal» llega en 2026 como un disco que no pretende sorprender al mundo con una vuelta de tuerca conceptual ni con una producción que suene a dinero que la banda claramente no gastó en eso. Lo que tiene es otra cosa: tiene riffs, tiene velocidad, tiene la certeza de un género que sabe exactamente lo que es y no pide disculpas por serlo.
Para quien no frecuenta el Thrash Metal, una orientación breve: es el subgénero que nació en los primeros años de los 80 en la intersección entre el Punk y el Heavy Metal, produciendo algo más rápido, más agresivo y más técnicamente demandante que cualquiera de los dos por separado. Metallica, Slayer, Megadeth, Exodus en Estados Unidos; Sepultura y Sarcófago en Brasil; Massakre y Pentagram Chile en el mismo Chile que parió a Limiter. El thrash es un género que entiende la ira como argumento y la velocidad como lenguaje. Cuando está bien ejecutado, no hay mucho más que necesite.
«Intro» dura cuarenta y siete segundos. No es decorativa. Es la puerta cerrándose detrás de ti antes de que puedas arrepentirte de haber entrado: ambiente denso, medios que dominan el espectro, frecuencias que construyen una antesala sin anunciar todavía lo que viene. El RMS más bajo del álbum, lo que en términos concretos significa que es el momento más quieto —y por eso más inquietante— del disco entero. Cuando termina, «Espíritu de Sangre» entra en dos minutos veintiocho segundos que son exactamente lo que el género promete: la guitarra cortando desde arriba, la batería empujando desde abajo, y la voz como un tercer instrumento que no adorna sino que golpea. El track es breve porque no necesita más. Lo que tiene que decir cabe en ese tiempo.
«Agente Naranja» es el track más corto del disco después de la intro —dos minutos cinco segundos— y es también el más directo: sin construcción previa, sin preámbulo, entra y hace su trabajo. El título evoca el herbicida usado como arma química en Vietnam, y hay algo en esa elección que define la actitud lírica de todo el álbum: Limiter habla de cosas concretas, de violencias reales, de poderes que aplastan. No es metal de fantasía ni de escapismo. Es metal de mirada fija.
«Capitán» es la primera pieza larga del disco, lo que se traduce en que es la pista más densa en energía promedio, la que más pesa en el espectro. Es también la que más espacio se toma para construir, para variar su dinámica interna, para demostrar que la banda no es una máquina de un solo engranaje. Hay pasajes que ralentizan antes de volver al ataque con más fuerza, que es precisamente la técnica que distingue al thrash con inteligencia compositiva del que simplemente toca rápido todo el tiempo.
«Irresponsables» El más dinámico en términos de variación de energía interna, lo que lo convierte en la pieza que más oscila a lo largo de sus tres minutos cuarenta y tres segundos. Es el track que más respira, el que más contrasta sus bloques de ataque con zonas de menor intensidad antes de volver a golpear. En el contexto del álbum, funciona como el punto de mayor libertad compositiva de la primera mitad. «Trauma» viene inmediatamente después con el segundo golpe enriqueciendo más el disco y casi el mismo que «Capitán», lo que significa que la banda eligió no dar descanso entre los dos tracks más densos: uno sigue al otro sin negociación. Es una decisión de secuencia que habla de un disco pensado como unidad, no como colección de canciones.
«Destrucción Astral» abre el segundo bloque del álbum con una densidad espectral que la ubica en la franja media del disco: ni el más agresivo ni el más liviano, sino el que funciona como bisagra entre la primera mitad de ataque sostenido y el territorio más elaborado que viene después. El título —destrucción astral— es la propuesta más ambiciosa del disco en términos conceptuales: hay algo de cosmología invertida en esa imagen, de universo que colapsa desde adentro. «Matadero» tiene el RMS más alto de esta segunda mitad y el maximum delta más elevado de todo el álbum, lo que técnicamente significa que los picos de la batería golpean con mayor variación en este track que en cualquier otro: es el punto de mayor ferocidad rítmica del disco, el lugar donde el baterista imprime más fuerza, cuando lo ves gráficamente es “afilado” lo que es muy apropiado.
«Tormento» cumple en el disco exactamente la misma función que un puño cerrado que se abre antes de golpear de nuevo: es el track más breve después de la intro, el que menor energía acumula en términos de duración, y que por eso funciona como contraste directo con lo que viene. «Fuego de Guerra» es la única pista del álbum donde el maximum amplitude llega a 1.000000 lo que significa que es el track donde la banda empujó más fuerte hacia el techo, donde la mezcla decidió llegar exactamente hasta el borde sin cruzarlo. En términos sonoros, es el momento de mayor presencia del álbum. Cuatro minutos veintiún segundos que no guardan nada para después y mi tema preferido el disco, se los recomiendo para la lista personal.
El cierre con «Esclavos del Mal» —la canción que da nombre al álbum— tiene la coherencia de quien sabe que el final de un disco es también una declaración. No es el track más agresivo ni el más lento: es el que mejor resume lo que el disco entero quiso ser. La frase que lo titula no necesita explicación en un contexto donde la esclavitud —al sistema, al miedo, al poder que no se elige— es el hilo conductor de todo lo que vino antes. Limiter no está hablando de metáforas medievales. Está hablando del presente.
«Esclavos del Mal» no es un disco que pretenda reinventar el thrash metal chileno. No le hace falta. Lo que hace es habitarlo con honestidad, con velocidad y con la convicción de una banda que no está buscando la aprobación de nadie para hacer lo que hace. En un año donde el underground nacional sigue produciendo material sin red y sin red de apoyo, Limiter entrega treinta y cuatro minutos que son exactamente lo que dicen ser. A veces eso es suficiente. Esta vez, lo es.
«Esclavos del Mal» está compuesto por:
- Intro (0:47)
- Espíritu de Sangre (2:28)
- Agente Naranja (2:05)
- Capitán (4:18)
- Irresponsables (3:43)
- Trauma (2:41)
- Destrucción Astral (4:14)
- Matadero (4:13)
- Tormento (1:23)
- Fuego de Guerra (4:21)
- Esclavos del Mal (4:01)
Limiter está formado por:
- Diego Riveros - Vocales y guitarra
- Bastián (Yoel) Galleguillos - Coros y bajo
- Martin Espinoza Guitarra líder
- Vicente Silva – Batería
Más información en:
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